En el fondo del pozo de CHARLY CHARMER (1. Siguiendo el rastro)

 

1. Siguiendo el rastro

El rastro de sangre que baja desde lo alto del cerro del matadero va formando un reguerillo cuyos márgenes en el camino que emprende hacia el sur de la villa son conocidos como riberas de los curtidores, por las tenerías que han florecido a la sombra de dicho establecimiento desde tiempos inmemoriales.

Tras la expulsión de los moriscos, el oficio fue herededado por las gentes más humildes de la villa que, con el tiempo, también consiguieron adaptarse a la atmósfera enrarecida por los vapores que emanan de la matanza y el curtido, entremezclados con los del légamo inmundo que va anegando las calles al grito de “agua va” hasta el paso de las mareas. Porque si en la corte no hay mar, sino un proyecto de río, en época de lluvias los operarios municipales arrastran por la noche hasta las afueras con  unos maderos atravesados a lo ancho de la vía todo cuanto no debería estar en ella, licuado por las precipitaciones o con ayuda del riego, y al que coge la marea es seguro que perezca ahogado.

Sin embargo, el gobierno se había cansado de esta situación y, en sus desvelos por la asegurar la felicidad de los madrileños, dispuso que enterrasen sus miserias en depósitos de donde luego pudieran extraerse en cubas, quitándole de este modo el encanto a aquellas calles por donde ahora podía pasearse sin el excitante aliciente que suponía la incertidumbre de la propia supervivencia a hedores y mareas.

Ésta era la ocupación desde hacía tres años de Lorenzo, que de arquitecto de goteras  y desconchados se había reciclado en topo, y tenía en su haber ya varios kilómetros de perforaciones en el subsuelo madrileño. Pero aquella espléndida mañana primaveral podía liberarse de estas ocupaciones y, tras la obligada asistencia a los oficios religiosos, se disponía a pasar un buen rato compartiendo experiencias con sus viejos amigos.

La primera calle que cruzala Riberade Curtidores es la de San Pedro, donde está la basílica en la que se reunían los domingos cuando el bullicio del mercado de pescado y fruta del exterior disminuía lo suficiente como para poder escucharse sin tener que gritar más de la cuenta, aunque lo habitual era que sus animadas tertulias acabaran en competición por ver quien era capaz de elevar más el tono.

“Los españoles somos así” solían justificarse ante el pontífice de aquel templo, al que los congregados solían referirse simplemente como la taberna de Ramón, y siendo un hecho aceptado por todos, nadie se incomodaba más de la cuenta ni tenía necesidad de caer en desafíos improductivos, por más que los petimetres del centro así lo creyeran, lo que era otra causa de utilidad social, puesto que así se mantenía a raya a las gentes estiradas de cuello blanco y almidonado, que procuraban mantenerse alejados de aquellos contornos que sus moradores defendían con uñas y dientes.

Hacinados en insalubres y miserables corralas cuyo alquiler se llevaba la principal parte de sus escasos recursos, los vecinos sabían que, aunque debían luchar cada día para conseguir un hueso con que dar un poco de enjundia al caldo, no había mayor honor que ser del barrio. Las gentes acomodadas del centro se lo envidiaban y muchos se disfrazaban de majos para mezclarse entre ellos en ocasiones festivas. Tal vez pudieran olvidar por unos instantes el mundo de falsedad y corruptelas en que vivían, pero nunca conseguirían comprender la sabiduría popular ni alcanzarían la esencia de la solidaridad, que es hija de la pobreza.

La taberna estaba de bote en bote, como todos los domingos. Aunque supusiera aguantar otro mes con las alpargatas rotas, la tertulia semanal era un rito inviolable que ni siquiera la bronca de la parienta al volver al hogar podía poner en tela de juicio. La mesa del fondo al oeste era el territorio de aquellos jóvenes luchadores, que ya habían vaciado varias jarras de moscatel mientras Emilio, ayudante de tipógrafo en el Diario noticioso universal, cuyos ejemplares desechados por defectuosos guardaba para estas ocasiones, les leía (pues era el único que sabía) el del viernes, a la sazón 6 de abril de 1764:

–          “Arthus observa que el camaleón difiere poco del lagarto, excepto en el color, que es, según dice, naranjado; pero añade que a la inmediación de un nuevo objeto lo muda, que si come tan poco es porque se alimenta del aire, que los negros no lo tienen por veneno y secan su carne para comerla”.

–          Qué suerte tienen los negros, no les falta manduca.

Tras la ironía de Tomás, conocido como “Trapos” por razones obvias desde que llegó a la corte huyendo de la miseria del campo pocos meses atrás para no encontrar sino la de la ciudad, había un pequeño poso de melancolía por la naturaleza que sus contertulios fueron incapaces de captar. En cambio, la réplica de Antonio, hijo de la calle y que había pasado más que todos los demás juntos, no tenía matices:

–               Pues yo debo tener algo de camaleón, porque últimamente ando con la color mudada y poca cosa más que aire ingiero.

–               ¡Porque te lo gastas todo en vino, “Camaleón”! ¡ja, ja, ja!

–               In vino veritas, dice fray Benito. Y la verdad es el alimento del espíritu.

–               En el Puerto de Santa María hay muchos camaleones, y no dejan mosca viva. Será que en el África no hay moscas – aseveró Manuel, compañero de curtiduría de Antonio el “Camaleón”, recordando una ya lejana primera infancia gaditana.

–               Quién fuera negro, comida a mansalva y sin moscas que te despierten de la siesta a bocados – insistió el “Trapos”.

–               Eso será en África, porque aquí abajo hay un anuncio que dice: “La persona que quisiere comprar un esclavo moreno, de edad de 28 años, saber peinar, afeitar, coser de sastrería, guisar, y servir bien: acuda a tomar las señas del caballero que lo vende a la librería de Vibanco, junto al Colegio Imperial”.

–               Lo que digo, si yo supiera afeitar y coser de sastrería, tendría un amo al que servir y que me llenara la barriga…

–               Hombre, Lorenzo. Qué mala cara traes ¿Sucede algo?

–               No me hables, Manolo, que vengo sin sentir ni las piernas… ¿ya está vacía la jarra?

–               Se pide otra, no te preocupes. ¡Ramón, sírvenos otra y ponle a Lorenzo una tazita de ese caldo rancio que nos has dado antes!

–               Ahora va, caballeros, un momento que estoy atendiendo a estas damas.

–               Estábamos de viaje por África, pero podemos hacer un alto en el camino. Cuéntanos, ¿qué tienes?

–               La justicia me reclama.

–               ¿Cómo? No conozco a nadie más honrado que tú, cuenta conmigo para lo que necesites – Lorenzo sabía que Antonio no iba de farol, y que sus amigos irían con el al fin del mundo.

–               Y conmigo, y con todos.

–               No, no es eso. Me han citado como testigo. Pero cada vez que pienso en presentarme ante el Consejo me pongo malo.

–               ¿Testigo? Me habías asustado. Y, ¿cuál es tu testimonio?

–               Por mi parte, ninguno. Pero mi maestro de obras me lo ha pedido tan insistentemente que temo peligre mi trabajo si no acudo. Es por una mordida que le echaron para poder comenzar una obra y, cansado de aguantar tonterías tras una mala noche que le había dado su padre, que se está muriendo, decidió plantarse.

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